La capnomancia es la observación adivinatoria del humo. Aparece en las tablillas cuneiformes mesopotámicas desde el periodo paleobabilónico, en el que los adivinos (baru) leían el humo de los inciensos quemados sobre los altares. La Grecia antigua la retoma en el marco de los oráculos, sobre todo en Delfos, y Roma la integra a los ritos de los arúspices. En la Edad Media, la capnomancia sobrevive en las prácticas de incienso de las ceremonias religiosas y mágicas. Se distingue de la libanomancia, adivinación por el incienso al arder, y de la piromancia, que observa la llama. Su rasgo propio es la atención al movimiento de las volutas, a su densidad y a su dirección.